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Metrópolis. El poder, la arquitectura y la ciudad sin futuro [Ensayo por Marcia Quiróz]

Desde sus inicios en la historia de la humanidad han existido las relaciones de poder, las cuales se han materializado de diversas formas, una de ellas es la arquitectura. Y es aquí donde podríamos preguntarnos, si el poder necesita de la arquitectura para trascender o al contrario los arquitectos solo fueron sucumbiendo de a poco ante los poderosos que a través de las construcciones desmedidas buscaban consolidarse ante los demás. La relación entre el poder y el cuerpo arquitectónico, fue inevitable en las ciudades antiguas, lo es ahora y si seguimos construyendo para los poderosos, también lo será en un futuro. Para analizar este tema, vamos a centrarnos en tres puntos importantes: la magnitud, la densidad y la calidad, presente en la película Metrópolis, estrenada el año 2001 y dirigida por Rintaro.

Entonces, Metrópolis es un claro ejemplo del tema expuesto, está contextualizada en una ciudad futurista de Japón estrictamente segmentada y habitada por humanos y robots. Si observamos detenidamente, la grandiosa ciudad futurista no dista mucho de los grandes centros urbanos altamente densificados o de las monumentales construcciones de la élite dentro de los mismos.

Al comienzo de la película se nos muestran una imagen principal de una urbe densificada en altura donde el hito principal es un zigurat, una gran torre de miles de pisos de altura en el centro de la ciudad construido por uno de los personajes más poderosos para consolidar su estatus y así mantener el control de la población. La magnitud de la obra tiene estrecha relación con el poder, mientras más grande esta sea más poder se demuestra y de mejor forma se materializa la idea intangible de su creador de trascender e inmortalizarse en la historia.

Esto evidentemente no es nuevo en la historia, muchos son los dirigentes autoritarios que han sido mecenas de la arquitectura, entre ellos nos encontramos con Napoleón III, Hussein, Hitler, Mussolini, Stalin, entre otros. Todos ellos tienen en común el uso de los cuerpos arquitectónicos para consolidar su dominio, emplearon simbolismos en las obras para masificar su mensaje. Algunos buscaban infundir el miedo en quienes visitaban la obra, otros ahondar en sus mensajes políticos, otros mostrarse como ganadores, aun así todas las obras tenían en común la inmensidad, la altura de los edificios que acogían al ser humano como un diminuto e insignificante ocupante.

La escala humana se pierde al concebir la arquitectura como un símbolo de poder, un ejemplo de esto se puede apreciar en un extracto del libro “La arquitectura del poder” de Deyan Sudjic donde expone: “La grandiosidad de la cancillería formaba parte esencial de la campaña de Hitler para intimidar a Hacha y obligarlo a rendirse. después del patio, que por si mismo era suerte de representación del Estado Nazi, se sucedía una compleja secuencia de espacios en el interior de la cancillería, planificados con cuidado para inducir en las visitas oficiales de Hitler un estado de animo concreto de intimidacion. Tras un recorrido de unos cuatrocientos metros, a los visitantes les cabían pocas dudas acerca del poderío de la nueva Alemania.” (2007, p.18.)

En la actualidad la inmensidad se traduce en rascacielos, al igual que en Metrópolis, se busca lograr tener la torre más alta que se pueda construir, elevar los edificios de forma magnificente hacia el cielo como

demostración de fuerza y como simbolismo de superar los límites, la torre es la expresión máxima de poder y control que se lleva a efecto por medio de la arquitectura.

Y nos podemos preguntar ¿Valdrá la pena gastar tanta energía en edificios así?. La respuesta es simple, los rascacielos son una manera fácil de medir el poder, de competir con otros, solo se mide la altura, quien se alza más alto hacia el cielo, son simples de recordar por la audiencia que los admira. Los rascacielos son según las palabras de Martin Hurtado, “​Un buen argumento para personas básicas. La misma que sueña con el auto más rápido, el hotel más caro, el diamante más grande. Sin embargo esa persona suele no medir las consecuencias propias y ajenas que esto implica, sólo necesita un símbolo de poder que lo ponga sobre sus iguales en una posición de dominio y de fuerza.” (2012, p.10).

Si vemos esto contextualizado en Chile durante la Dictadura cívico-militar en los años 80’s ​se instauró un nuevo sistema económico-social, lo cual se vio reflejado en muchos aspectos de la sociedad y de la ciudad. La manera en que se concretó en el área de la arquitectura fue cuando en la emblemática intersección de Catedral con Paseo Puente donde se ubicaba un edificio clásico que pertenecía a una industria nacional en declive (Juguetería Klaus), fue demolido para dar paso a una nueva expresión, lo que pretendía ser el nuevo estándar y marcaría la nueva modernidad.

El edificio en cuestión es un bloque con estructura de hormigón cubierto por un muro cortina, dando aspecto de espejo por todas sus caras. es un edificio que no respeta la proporción del barrio ya que por su envergadura pretende imponer su importancia y la consolidación del poder político – económico de la época, es una expresión clara del mensaje que deseaban entregar “desde ahora las cosas son así”.Este es uno de los tantos ejemplos en los que se utilizó la arquitectura como símbolo de poder durante la Dictadura en Chile.

El tamaño del edificio se relaciona con la densidad del mismo, en términos habitables los espacios de los poderosos son enormes, responden de manera grotesca a su ego y no tienen problemas de hacinamiento, diferente es en la arquitectura que se proyecta para las personas que quieren mantener en control o a quienes les quieren mostrar su poderío. Si bien la altura muchas veces se mantiene, la densidad es otra, los espacios son pequeños, oscuros y poco alentadores.

Debemos tener en cuenta entonces que la arquitectura produce emociones en las personas, es capaz de hacerla sentir de una manera determinada, los espacios reducidos y altamente poblados mantienen a la población en una suerte de monotonía, se deshumanizan los espacios y de esa manera se ejerce un control más directo sobre ellos, solo habitan el espacio pero no lo viven.

Lo anterior lo evidenciamos tanto en la película como en la vida real, es cosa de comparar los espacios habitados por quienes dominan en contraposición de los espacios de los dominados y como quienes deberían estar en sumisión tienen que pelear para ir ganando espacios dentro de la urbe.

Por último, se debe mencionar la calidad. En Metrópolis es posible ver como la construcción desmedida de estas torres enormes para quienes habitan en la superficie repercuten de manera negativa y directa en el espacio habitable de los demás, afectando la calidad no solo del espacio privado, sino también del espacio público.

Un ejemplo de ello aquí, en Chile, es el edificio Costanera center, hacer lo que nadie hizo para simbolizar su riqueza y poder dejó condenado a todo un barrio a la degradación de su calidad de vida. Otra demostración de esto es la densificación de la comuna Estación Central, donde vemos las torres que el mercado controlado por los grandes empresarios proyectan para luego hacer negocio con ellos. Vemos como la inmensidad de los edificios afectó la calidad de vida de miles de vecinos en el sector y dejó sin luz natural, no solo al espacio público sino también a quienes se negaron a vender sus propiedades para construir megatorres.

Todas estas acciones dejan espacios basuras, en los cuales nadie quiere estar, pero aún así tienen que transitarlos, estos son las consecuencias de la arquitectura y el poder:

Como conclusión, queda demostrado que la arquitectura siempre será un acto político y de poder, sin embargo hay que saber hacerlo y enfocar los esfuerzos en mejorar la ciudad y la calidad de la misma. La cuestión que surge hoy es si en el futuro haremos arquitectura para los grandes empresarios – para los que se creen dueños del mundo – o mejoraremos los espacios y la calidad de vida de las gente. Solo algo tengo por seguro, si se sigue haciendo arquitectura para y por el primer grupo las ciudades del futuro serán como Metrópolis.